Dicen los sabios que cada mariquita esconde tantos secretos como manchitas negras tiene en las alas. Son muy tímidas, pero las he sobornado con un vaso de leche y han accedido a contarlos aquí. Eso sí, es un secreto. ¡Shhh!

28/04/12

De cosas que no supe decirte.


No sé. Quizás debería haberte llamado. Habría sido lo correcto, ¿no crees? Aunque no creo que hubieses contestado al teléfono. Siempre has preferido fingir que somos dos extraños.
Ha pasado mucho tiempo. Neruda nos describió perfectamente: ''nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.'' Tú desde luego que no eres el de aquella tarde bajo los árboles, escuchando el rítmico principio de Wherever you go o aquella novela narrada en inglés que tanto te hizo reír. No eres el de aquella pregunta agarrados en medio de la calle.
Tampoco yo soy la misma. No soy la que lloraba de vuelta a casa en el autobús. No soy la que fotografiaba sus pies en la arena para enviártelo después, ni la que corría por la playa con los brazos abiertos y el teléfono fuertemente agarrado en la mano derecha para que pudieses oír las olas. No soy la niña de las dos trenzas y la faldita de uniforme. Hace mucho tiempo que ya no tengo quince años. Y sin embargo sigo sin saber qué quiero o qué espero. Tal vez ya no espero nada, porque quizás tú ya no seas capaz de darme nada, ni siquiera la amistad sin dobleces que habría querido alcanzar.
Este año sólo te he visto dos veces. Quizás tengas razón y sí que seamos dos extraños, sin nada en común más que algunos días de Sol en el pasado. Quizás fui demasiado valiente al atreverme a decir para siempre.
Hoy necesitaba escribirte y cerrar esta puerta. Necesitaba despedirme y devolverte al pasado, donde perteneces. Necesitaba convencerme de que hay vida después de todo esto. Me gustan los círculos cerrados, perfectos. Me gusta que todo acabe el mismo día que empezó.
Querría decirte que, a pesar de todo, de veras espero que seas feliz, donde sea que estés. Que sólo te deseo lo mejor, que vivas para siempre feliz con alguien que pueda vencer donde yo fallé. Querría decirte que siento si alguna vez te hice sentir otra cosa que no fuese felicidad, explicarte que todo lo que hice fue porque pensaba que en ese momento era lo mejor. Querría pedirte perdón por aquellas veces en las que actué de modo incomprensible, impredecible, egoísta o estúpido. Sabes que soy todas esas cosas. Querría también darte las gracias, por haber sido durante mucho tiempo mi última esperanza desde la distancia. Por haber sabido ver más allá de lo que muestro, por haberte atrevido a intentar lo imposible. Querría despedirme en condiciones, como creo que nos merecemos y para hacer honor a todo lo que he sentido por ti. Querría prometerte que siempre serás un recuerdo importante, que no dejaré que el tiempo borre de mi memoria lo que has significado para mí. Que aunque no volvamos a saber el uno del otro, siempre me preguntaré dónde estás, si eres feliz, y de un modo u otro sabré que lo eres.
Así que ahora ya lo sabes. Es duro despedirte de algo que ha sido importante para ti, pero espero haberlo hecho con la estabilidad emocional necesaria, que llevo semanas acumulando. Ojalá no conozcas otra cosa que suerte y prosperidad en tu vida. Ojalá seas tan feliz que rompas todos los índices. Ojalá no sientas rencor y rabia cuando pienses en mí. Mucha suerte en tu viaje.





Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volverá a tocarte.

No te veré morir.

Idea Vilariño


26/02/12

Dime que no me echas de menos y me iré. Dime cualquier otra cosa y no volveré a marcharme.

10/10/11

Duele, pero nadie, nunca más, llegará a acercarse tanto como para repetirlo.

09/10/11

some things are meant to be.

Nada duele más que comprobar que estabas equivocada; que la persona correcta conseguirá siempre hacerte latir de nuevo, no importa lo equivocado que sea el momento, y desear parís y más atardeceres y escribir sobre él todos los días.
Nada duele más que sorprenderte suspirando y, después, arruinarlo todo, asustarte como una niña de que alguien haya traspasado por fin tu frontera. Nada duele más que recuperarlo y perderlo en las mismas doce horas, pasar de creértelo todo y visualizar el futuro a una cama oscura y recóndita con Elvis resonándote en los oídos. Y cantar Can't Help Falling In Love With You a pleno pulmón, sin importarte ya quien pueda escucharte. Abrir las fronteras y gritar en vano que ya no necesitarás pasaporte si quieres volver. Que tenías razón, que mi/la puerta está abierta si quieres marcharte y también está abierta si quieres regresar. Sonreír tristemente pensando que algunas cosas están destinadas a estropearse siempre, como dos piezas de puzzle que simplemente no encajan, como dos bailarines que se mueven descoordinados, como las dos agujas de un reloj que avanzan rápidas una detrás de otra sin llegar nunca a alcanzarse. Y pensar que es cierto, que nada duele más que acercarse a unos milímetros de lo que quieres y no ser capaz de alcanzar la mano y cogerlo. Porque te mueres de miedo de dejar de quererlo instantes más tarde. Y pensar que nada duele más que reírte de lo equivocada que estuviste, de lo erróneas que eran tus predicciones y tus apuestas. Ser consciente de que podrías estar horas y horas haciéndole compañía a Elvis mientras miras lo escrito, sin atreverte a darlo por terminado. Comprender por fin que esto es lo que hay y que en lo que a él respecta nunca fue tu decisión, siempre fue él el que dictaba las reglas aunque pensaras lo contrario. Y así descubres por fin lo que es querer, susurrándoselo a alguien en una noche de borrachera y entendiendo al fin que amar significa desear que la otra persona sea feliz, poco importa si es contigo o si es con otra. Aunque el lugar que te pertenece en su mente lo ocupen los arcos de medio punto (y más difíciles). Y así, olvidando el pasado, odiando el presente y temiendo el futuro, escribir todo lo que piensas y, dentro de una botella, lanzarlo al mar a la espera de que él lo lea.
O a un blog si, como yo, vives en una ciudad sin playa.

03/05/11

Te escribo palabras que suenan vacías en el silencio de mi habitación. Cierro los ojos y me cuesta concentrarme y evocar tus pestañas. Me obligo a mí misma a echarte de menos, con la creencia de que el vacío y la falta de fuego serán siempre mejores que la pesada soledad y de que, si no me quieres tú, no me querrá nadie. Y la realidad es que no recuerdo ni siquiera la forma que tenían tus labios. Te extraño por costumbre, por inercia, por falta de ganas de esperar a que aparezca alguien que sí me acelere el miocardio. Si he de serte sincera, mis ventrículos nunca latieron por ti y permíteme que aventure una suposición imprecisa; nunca lo harán. Pensé que mi fuego se había apagado e incluso llegué a sospechar que nunca existió, y no se me ocurrió pensar que necesitaba carbón para hacerlo prender. Y es cierto que fuiste y eres la persona correcta, pero nuestro momento será siempre el equivocado. Tú te mereces alguien que pueda entregarte cada latido de su corazón, y yo necesito a alguien que sea la leña que mantiene el mío ardiendo.

26/03/11

El miedo me latía sordo en lo más hondo del pecho mientras miraba la comida china que descansaba en mi regazo. Las luces de la ciudad pasaban rápido ante mis ojos, sentada en aquel coche de noche en algún lugar entre Ontario y Yucaipa, California. Tenía tu olor incrustado en los pulmones y tu imagen en las retinas, y los remordimientos y los 'quizás sí' se aglomeraban debajo de mis pestañas. Llevaba todo el día pensándolo, dándole vueltas, maleando el mismo pensamiento como un trozo de arcilla antes de convertirse en vasija. Preguntándome a mí misma si hice lo correcto un año atrás, y siendo demasiado cobarde como para intentar siquiera imaginar una respuesta. Y entonces me asaltó, con fuerza, la certeza. Ahí, en un coche amarillo que se movía rápido esquivando coches, entre los fideos con soja y el pollo a la naranja que me contemplaban con pena desde mis rodillas, lo supe. Eras tú. Siempre habías sido tú.Eras el camino, mi pasado y mi futuro. No había otra senda que no pasase por tus ventrículos. De algún modo, eras la pieza perdida de mi puzzle.

No voy a decirte que te quiero. De eso, no estoy segura ni yo. Tampoco afirmaré que esta vez puedo hacerlo mejor que la anterior, o que no voy a asustarme y salir corriendo.Pero en ese coche supe que eras algo que no debía dejar marchar, una fuerza más poderosa, si cabe, que el miedo. Puedo jurar aquí y ahora que intentaré vencerlo con cada poro de mi piel, que cada una de mis neuronas luchará cada día contra el sentimiento oscuro y pegajoso como el petróleo que me inundó el año anterior.

Así que salí del coche, llegué a casa y escribí esto. Sin ciencia ficción, sin bromas, sin trucos. Cien por cien yo, salido de mi corazón, basado en hechos reales. No puedo prever qué pasará ahora, soy incapaz de adivinar tu reacción y ni siquiera sé si aún susurras a veces con las mariquitas. Así que voy a publicar esto, ahora, antes de que el miedo me fulmine de nuevo y me convenza sin mucho esfuerzo de que separados estamos mejor.

14/02/11

Quererte formaba parte de respirar. Era una rutina diaria, iba incluido en el levantarme y acostarme, en existir. Olvidarte fue rápido y fulminante, como esas bocanadas de aire muy frío que te asaltan cuando abres la ventana. Tu ausencia era como un tigre que se cree un gatito: se sentaba cerca y se me acurrucaba en el regazo, y mordía si intentaba tocarlo.

Me volví loca escribiendo textos sobre ti. Describí tu sonrisa, tus hoyuelos y tu pelo negro a todo aquel que quisiese leerme, desnudé mi alma y la escondí dentro de un tarro. Lloraba lágrimas de tinta en documentos de Word, y ésa era la única prueba que daba de que no te había olvidado. Me sangrabas en las heridas del corazón y supurabas en las de la mente. Me alejé millones de kilómetros pero tu recuerdo cruzó océanos persiguiéndome. Tardé meses en sacarme tu olor de las pestañas. Y cuando por fin, por fin, consigo apartar las pupilas de ti unos minutos, ahí aparece tu foto, dispuesta a secuestrar mis sentidos y a empezar otra vez desde el principio.